| Autoinmolación de Thích Quảng Đức (11 de junio, 1963) |
La calle es la que es. Subiendo, llegas a Sol y bajando, te encuentras con la fuente de Neptuno. En el medio, el Edificio. A estas horas, el tramo permanece vacío salvo por algún borracho perdido (yo) y los camiones de la basura. Me giro hacia un lado pensando en ese edificio. Lo abren algunos días al año, pero nunca he entrado. Siempre me ha parecido como un decorado de película, con sus columnas de inspiración grecorromana, sus leones y su escalinata. Un templo a una deidad a la que ya nadie reza.
Parece que, aunque hallamos matado a Dios, rezar es lo único que nos queda. Nos han condenado un puñado de personas con intereses que van más allá de nuestra comprensión, intereses que pueden imponer sobre el resto del mundo sin levantar un dedo. Se dice que vivimos en los últimos días, pero eso no se puede demostrar. Solo queremos una resolución, un clímax, algo que alivie la tensión constante a la que estamos sometidos.
En el Edificio, tampoco son capaces de parar. Siento desprecio y pena por cada persona que entra. Desprecio, por los que saben que su labor no sirve de nada y aún así vuelven para deleitarse con el sufrimiento humano. Son crueles, y si se lo dijeras a la cara se lo tomarían como un cumplido. Pena, por los que entraron con buenas intenciones solo para convertirse en una parte más de la maquinaria. Esto último no me sorprende: el propósito de un sistema es lo que hace. No se puede arreglar lo que se construyó para estar roto.
Pienso algo horrible. Podría hacerme algo. Algo que demuestre que todo este dolor vale la pena. Quiero que por lo menos alguien que podría hacer algo me mire a los ojos. Si todo está perdido realmente, por lo menos quiero irme con un mensaje. Quiero que me vean y que sepan que sí, ellos son los responsables. Y sí, quizás no sirva de nada. Pero no se les olvidará mi puta cara.
Hace no demasiado una persona se prendió fuego delante de la embajada de Israel en Estados Unidos. Vestido de soldado, declaró que no quería seguir siendo cómplice en el genocidio del pueblo palestino. Ardió durante varios minutos frente a una cámara, que retransmitió los hechos por Twitch. El directo fue retirado de la plataforma, aunque posteriormente fue compartido en otras redes. Censurado, por supuesto. Murió en el hospital debido a las quemaduras. Tenía 25 años.
(el instinto que me mantiene vivo se parece más a la desesperación de un perro sediento que a cualquier emoción humana. quiero abalanzarme a un charco y beber hasta que no quede nada, lanzarme a un cuello y morder hasta que sangre. quiero actuar sin pensar y morir por mis ideales porque sin ellos no soy más que un animal salvaje.)
No hago nada. Sigo caminando.